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sábado, 28 de julio de 2018

JUAN 6. HACIA CAFARNAUM

 Juan 6, 16 - 21: Al oscurecer, los discípulos de Jesús bajaron al lago, embarcaron y empezaron a atravesar hacia Cafárnaún. Era ya noche cerrada, y todavía Jesús no los había alcanzado; soplaba un viento fuerte y el lago se iba encrespando. Habían remado unos cinco o seis kilómetros, cuando vieron a Jesús que se acercaba a la barca, caminando sobre el lago, y se asustaron. Pero él les dijo: «Soy yo, no temáis.» Querían recogerlo a bordo, pero la barca tocó tierra en seguida, en el sitio a donde iban.


Una de las cosas más importantes del cristianismo, del mensaje cristiano, es esta afirmación de no temor que, de alguna manera, parece inaugurar una nueva era que aunque guarda una cierta continuidad con el Antiguo Testamento, nos adentra en otro tipo de misterio que es, en definitiva, un Misterio de Amor. Si la clave de la relación entre Dios y su pueblo, en el Antiguo, estaba en el temor de Dios vemos con en el Nuevo Pacto la tenemos en el no temer. Claro, cómo vamos a temer, ahora, a un Dios que ha entregado a su Hijo por amor!? Quizás estemos ante la más grande paradoja entre Antiguo y Nuevo Testamento, pero seguro que estamos ante la declaración más limpia de amor y cercanía de aquel que antes era TodoSuficiente y ahora es Todo desprendido.

Por tanto, el mensaje, la forma en que vivimos, nos mostramos, actuamos... lo que queremos que se desprenda de la imagen de la Iglesia y lo que podamos acercar de Dios o de Cristo a las personas ha de revestirse de este “no temer”, porque al amor, a la caridad, a la solidaridad... no se puede acudir temiendo sino que se acude con buen ánimo, deseosos de recibir, de formar parte, de ser entre esta relación de familiaridad, de comunidad y de vida.

Hoy seré muy breve, porque si venimos de la Resurrección, si queremos hacernos eco de este Señor resucitado, del Viviente, tenemos que ser testigos sólo, sólo, de tan grande amor. Tan, tan grande que lejos de provocar miedo genera atracción.

Que tengamos en nuestro corazón ese deseo de dejar atrás los inviernos de la historia para adentrarnos en la primavera, en lo que debe florecer, en la vida que quiere brotar, salir, descubrirse.

jueves, 26 de julio de 2018

MATEO 13, 16. OJOS Y OIDOS FELICES

 Mateo 13, 16 - 17: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.»


¿Qué debe ser esto que los profetas y justos desearon ver y oír? ¿Qué sería esto hoy? Bien, de entre todas las cosas que podríamos decir, hablar, reflexionar o cuestionar, querría afirmar que aquello que nos hace dichosos, hoy, por ver y oír tiene que ver con nuestro prójimo, con nuestra hermana, con nuestro hermano, con nuestra madre, con nuestro padre, con el amigo e incluso con el enemigo… porque lo que vemos y oímos es vida y todo lo que conforma la vida tiene su origen en Dios. ¿Hace falta ser más trascendental para entender qué es el don de la vida?

Si afináramos nuestra vista, ni nos pusiéramos las lentes de Dios, podríamos ver a la humanidad como un gran regalo, el compartir nuestra vida, nuestro suelo y nuestro tiempo como parte de algo único, irrepetible, original y precioso. Qué bien poder estar aquí y hoy contigo y contigo para compartir esta experiencia que se nos ha dado y que es la vida.

Si afináramos el oído podríamos, también, darnos cuenta de dos cosas: la primera es el gemido de todas las personas que sufren, que están enfermas, que viven desamparadas, que tienen problemas y escuchándo este dolor nos daríamos cuenta de que somos dichosos porque podemos, con nuestra vida, ofrecer ayuda a quienes lo necesitan.

Podríamos también, segunda cosa, escuchar el pálpito del corazón de las personas que conviven con nosotros, aquí o allí, más cerca o más lejos, porque el palpitar del corazón nos hace a todos iguales. Todos reimos y todos lloramos, todos sentimos, todos amamos, todos tenemos defectos… Si yo afinara mi oído más de vez en cuando me daría cuenta de que comparto una misma naturaleza y una misma voluntad de ser feliz, de ser amado… ¿Entonces, por qué hacer daño a los demás?

Entonces, para buscar la dicha hay que tener un gusto primordial por la felicidad, por ser y por hacer feliz. Está claro que en este mund hay ocasiones para todo y que lamentablemente, a veces, parece que haya más ocasión para el mal que para el bien. No se dejen confundir, ni se dejen amedrentar porque si afinan sus sentidos, si escuchan el corazón, si dejan de endurecerse y si vamos a lo esencial… ¿no hay más bien que mal?¿No hay más deseo de amar que de rechazar?