5 Jesús
envió a estos doce con las siguientes instrucciones:
«No vayan entre los *gentiles ni entren en ningún pueblo de los samaritanos. 6 Vayan
más bien a las ovejas descarriadas del pueblo de Israel. 7 Dondequiera
que vayan, prediquen este mensaje: “El reino de los cielos está cerca.” 8 Sanen
a los enfermos, resuciten a los muertos, *limpien de su enfermedad a los que
tienen lepra, expulsen a los demonios. Lo que ustedes recibieron gratis, denlo
gratuitamente. 9 No lleven oro ni plata ni cobre en el
cinturón, 10 ni bolsa para el camino, ni dos mudas de ropa, ni
sandalias, ni bastón; porque el trabajador merece que se le dé su sustento.
La literatura
sagrada nos deja pinceladas de maestría poética que versa desde pasos de un
extremo a otro, desde una posición a otra, y que dibujan dos estereotipos
principales de cómo Dios se manifiesta al mundo, y de cómo el mundo entiende
esa manifestación de Dios.
Así todos
distinguimos entre el YHWH del Antiguo Testamento, y el Dios de bondad que
narra el evangelista Juan que amó tanto para entregar a su Unigénito en
beneficio de una humanidad decadente, perdida en el vicio y la violencia, y
lejos del ideal de convivencia de solidaridad y preocupación por los más
desfavorecidos.
Los profetas
antiguos plantearon desde la teología de la alianza la fidelidad a un YHWH que
pasó de ser YHWH de los Ejércitos al Dios Universal, o al tres veces Santo de
Isaías. Conceptualizaciones de una figura que ya apareció a Abraham como “El
Shaday”, el Todo Suficiente, aquel que es inalcanzable, inentendible,
innombrable, que controla tanto el devenir de la historia como el movimiento
del hombre.
Ser creador de
la vida, del orden del universo, de la suerte del pueblo de Israel. El único
sabio que goza de la “hokmah”, sabiduría mayúscula y que plantea a un
desconcertado hombre las grandes preguntas que lleva formulando desde tiempos
inmemoriales en los que Job o Eclesiastés trataron de plantearlos.
Así Proverbios
dice que la Sabiduría es creación de Dios y Eclesiastés quién si no Dios sabe
el devenir del hombre. Por tanto, invitan a gozar de los sabores y sin sabores
de esta vida terrenal porque el hombre no es, ni será, capaz de comprender a un
Dios que actúa desde el poderío de su trono celestial.
Esta concepción
del Todo Suficiente, seguramente alentada por la idolatría reinante en el mundo
antiguo, desde los Egipcios, culturas fenicio-cananeas, Mesopotamia, y luego
Babilonia, Grecia, Persia o Roma. Tuvo su esplendor con el surgimiento una
“Torah” que nace en el marco de unos repatriados terriblemente influenciados
por la deportación Babilónica y las posteriores persecuciones ya en otra época
de Antíoco Epifanes IV, por ejemplo.
La importancia
de los patriarcas, Mesopotamia, la circuncisión, la observancia del sábado como
día de reposo, las prescripciones en el orden alimenticio... La desmedida
idealización de un Todo Suficiente mientras corrían tiempos de fraude en los
diezmos, ignorancia de la Palabra, accesos en los matrimonios, infidelidades en
el culto e hipocresía en los sacrificios.
Toda esta
presión social, histórica e institucional vertía sus esperanzas en el YHWH que
todo lo controla, el curso de la historia, el castigo de los malvados y la
prosperidad de los buenos (los fieles a la Toráh). El mismo ideal del Éxodo
pero con tintes heredados de otras culturas que habían apresado al pueblo judío
en tantas ocasiones. Cuando no fue Egipto, fue Asiria. Cuando no fue Babilonia,
fue Roma.
Así se forja la
imagen aquella de un Dios desfigurado, casi dictatorial, satisfecho con
holocaustos... Un solo Dios para una sociedad decrépita que necesitaba (o se preparaba)
para el advenimiento del otro extremo de su ser.
Aparece el Todo
Desprendido, el Dios de Amor, la figura del encarnado Jesucristo que se vuelca
con una sociedad necesitada de aquel mensaje de proximidad, de ternura, de
seguridad, de elegante sabiduría.
Traspasamos la
barrera de la “Fuga Mundi”, del rechazo de todo, de la vida desvalorizada. Se
nos invita ahora a gozar de la vida, de las cosas sencillas que nos ofrece, y
se nos dice, es don de Dios.
Acusan al
maestro de bebedor de vino y de comilón, lo acusan de gozar del don de la vida.
Pero Jesús es el prototipo del Todo Desprendido, aquel que incluso dará su vida
en rescate de muchos, pero que nunca dejará que se la quiten. El don precioso
del vivir que yo entrego voluntariamente, que el poder imperial no puede
quitarme, que el acoso legal no puede segarme. Me desprendo de todo, ¿Acaso
podemos comprender las decisiones de Dios? ¿Acaso, dirá, no he de beber de esa
copa que el Padre me tiene preparada?
Es
incomprensible, nos provoca un cierto escalofrío, nos sacude la idea de la
limitación humana. Y entonces Jesús se muestra así, Todo Desprendido,
majestuoso, honesto, clarividente, locuaz, atento, persuasivo, dador alegre. Y
nos enseña que para ser sus discípulos también debemos aprender a dar alegremente,
“Recibisteis de gracia, dad de gracia”.
Recibimos,
entonces demos. De un modo responsable, comedido, cuidado, respetuoso. ¡Demos!
Hasta la vida si es menester, ¿Quién no habrá entonces que reciba en esta vida
100 veces más, y en el futuro la vida eterna?
El Todo
Suficiente, es ahora también el Todo Desprendido. Dijo Jesús, más
bienaventurado es dar que recibir.
Y podrían
caber muchas interrogantes que nos pueden acercar a esa invitación de Jesús en
ese momento concreto del proceso grupal que vivían con sus amigos. Lo cierto es
que redundaría en un bien para cada uno. Este mandarlos “a primera fila” era un
anticipo de su muerte, por así decirlo, cuando Jesús no estará más físicamente
y sus discípulos serán impulsados por el Espíritu para ir por todo el mundo
anunciando y dando testimonio de lo vivido.
Y
eso pide a los que quieren seguir su camino al Padre. Que se rocen con las
personas, que vayan a sus casas con lo puesto, que den a manos llenas lo que
han recibido: tiempo, escucha, comprensión, aceptación, acompañamiento, Amor.
Todo esto se traduce en sanación, en limpiar corazones y relaciones rotas, en
resucitar muertos, porque muchas veces vamos como muertos en vida hasta que se
nos acerca alguien que nos infunde vida y entonces levantamos la cabeza y nos
damos cuenta de que tenemos el don de la vida.
Participamos
cada día de este Reino, y no hace falta ir a buscarlo en la lejanía de los
cielos. Somos privilegiados que gozan de la compañía y de la amistad de Dios en
su tiempo presente. Cada día tenemos la posibilidad de participar, de tocar, el
Reino de nuestro Padre, de nuestra Madre. Dios nos dio la vida, una familia,
unos padres y unos hermanos, familiares, amigos… Todo lo necesario para
celebrar la encarnación de la gran fiesta de la familia del cielo aquí en la
Tierra. Y así lo hizo el mismo Dios cuando decidió encarnarse en Jesús. Dios
estableció su sede en la Tierra, y el Reino está cerca porque Dios se ha
acercado. Y desde ese acercamiento soy capaz de tocar su reinado, porque lo veo,
lo siento, lo vivo, lo comparto. Puedo entenderlo como hombre (o como mujer)
porque es posible asimilarlo en mi propia vida. Ya, este Reino, no supone
ninguna abstracción. El que quiera ver a Dios que se enamore de la humanidad. Y
desde allí tenemos el trampolín para transfigurar, para llegar a Dios.
Pero
el ser humano es alegría para Dios. La vida, es gozo para Dios. Por tanto, la
encarnación de Jesús encarna también la maravilla de Dios en nuestro mundo. Y
nada queda excluido de esta maravilla. Vayan y prediquen a todo el mundo, hasta
en los confines de la Tierra, añadirá luego el Señor. Que a todo el mundo le
llegue este mensaje de amor de un Dios que comparte suelo con nosotros.
¡Tú
eres mi hijo amado! Y este es el mensaje. Y esta es la gratuidad de Dios para
el hombre, para la mujer. Recibieron de gracia, den de gracia. Lo que
recibieron no es un don suyo, es un don de Dios; como lo recibieron a cambio de
nada, sean capaces de darlo, porque ustedes tienen potestad de hacerlo, como
donadores de vida celestial (portadores del Reino)
Por eso Jesús dice a sus apóstoles: No lleven oro ni plata ni
cobre en el cinturón, ni bolsa para el camino, ni dos mudas de
ropa, ni sandalias, ni bastón. No caigan en la tentación de sentirse poderosos,
esa no es su misión, ese no es su cometido, para eso no les infundo capacidad,
dones. Trabajen para la comunidad, entreguen su vida a la vida, a las personas,
a la gente, y no se preocupen por lo que han de comer, por lo que han de beber,
porque será la misma providencia de Dios la que se va a ocupar de ustedes.
Ya no hay necesidad de un bastón, o de una vara como la de Moisés para
liberar al pueblo, como la de Aaron. El milagro más grande ahora es a la vez el
más frágil: la vida humana, tu vida. Tan importante para Dios, tan preciada, de
tantísimo valor, que es su mayor deseo reencontrarte. Sanen enfermos, saquen
demonios, limpien de enfermedad.
Este
evangelio es como una carta de navegación del misionero. Acuña un estilo de ir
al otro desde el amor, la grartuidad, el desprendimiento radical, la
inculturización, el encarnamiento de la realidad tal cual es. Ese envío se he
ido repitiendo en oleadas sucesivas a lo largo de la historia de la Iglesia,
desde las primeras comunidades seguidoras de Cristo, hasta lo que llamamos
ahora la Nueva Evangelización.
Y todo esto podemos hacerlo nosotros para ayudar a Jesús, y todas estas
acciones deberían servir no para crear ejércitos sino para sembrar libertad, y
entonces en la orilla, en la playa celebrando la vida, celebrando esa gran
eucaristía de hermanos y hermanas. Y, después, desde la libertad, sin ninguna
coacción, es signo de gratuidad que cada cual decida libremente. El obrero es
digno de su salario.
¿Y
yo? ¿Soy capaz de hacer carne de mi carne el mensaje de Jesús, su testimonio de
vida? ¿Me he dejado tocar lo suficiente como para decir sí voy hacia mis
hermanas y hermanos “descarriados” sin nada, con lo puesto, y ver cómo sanamos
juntos, cómo resucitamos juntos, cómo somos capaces de limpiarnos de nuestras
lepras para establecer relaciones de amor? ¿Puedo ser testigo de la Vida y
promotor de la fiesta, con todo y mis limitaciones y gracias a ellas? Mi
respuesta aún es poco generosa, más teórica que práctica.
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