LUCAS
7, 40 - 45: Entonces Jesús le dijo a manera de respuesta:
—Simón, tengo algo que decirte. —Dime, Maestro —respondió. —Dos hombres le
debían dinero a cierto prestamista. Uno le debía quinientas monedas de plata, y
el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagarle, les perdonó la deuda a los
dos. Ahora bien, ¿cuál de los dos lo amará más? —Supongo que aquel a quien más
le perdonó —contestó Simón. —Has juzgado bien —le dijo Jesús. Luego se volvió
hacia la mujer y le dijo a Simón: —¿Ves a esta mujer? Cuando entré en tu casa,
no me diste agua para los pies, pero ella me ha bañado los pies en lágrimas y
me los ha secado con sus cabellos. Tú no me besaste, pero ella, desde que
entré, no ha dejado de besarme los pies.
Dos actitudes enfrentadas, que viven también
junto a nosotros, y que marcan una forma de hacer, una forma de actuar:
aquellos que viven entregados, amando, diligentes y preocupados para que no te
falte de nada y aquellos otros que cuando están contigo lo hacen o por
compromiso, o porque toca. Quizás toque porque hay que firmar una transacción
económica, o porque quizás hay que coincidir en un acto, en un proyecto. Ese
quizás toque conlleva frialdad, distancia, despreocupación, frivolidad… ¿Han
firmado ustedes una hipoteca? Nuestros prestamistas no están por la labor de
perdonar, no perdonan ninguna comisión, ninguna demora, ningún impago… sea cual
sea la situación. Y es curioso porque a pesar de tener en su mano la
posibilidad de llegar a la paz, se aferran a la condena. Pienso, y es muy
personal, que es hora de enseñarles a todos éstos a besar los pies, a lavarlos
y a secar las lágrimas de las personas incluso con sus cabellos.
La educación nos ha enseñado a ser tiburones,
depredadores en una fauna agresiva. Nos han enseñado lo que es el logro
personal, el individualismo, el progreso, las promociones, los incentivos, el
estar por encima del otro, el ser alguien importante… Vanidad! Cuando nos
enseñan a permanecer impasibles ante el dolor nos están desgajando de la vida,
nos deshermanan, tiñen la realidad con aislante y nos conducen a convivir a
base de golpes. Eso es inadmisible! Inadmisible como el trato que cualquiera de
nosotros puede recibir en el banco, en hacienda, o en juzgados, por ejemplo,
porque estando como están al servicio de las personas: ni te lavan, ni te
besan, ni son capaces de secarte las lágrimas.
La reivindicación primera de nuestro tiempo pasa
por el derecho a la vivienda, irrespetado y negado a favor de nada, porque
cuántos pisos, apartamentos o casas hay a día de hoy en la cartera de los
bancos, sin inquilino, sin venderse, sin ofrecerse como alternativa o como
alquiler social. Éstos son como el fariseo del pasaje, como este Simón, que
viven cobrándole a la gente un peaje por existir.
El tiempo marca una urgencia hacia el perdón,
hacia el perdonar las deudas (y en un sentido elementalmente económico). Quizás
no estemos de acuerdo, quizás nos perjudique, quizás podamos quejarnos porque
hemos estado pagando toda la vida religiosamente impuestos, comisiones,
préstamos… a nosotros también se nos solicita ese perdón, y debemos darlo.
Este pasaje de hoy, por otro lado, nos enseña
sobre la importancia de la acogida, de la acogida del ser humano. Nadie lo sabía,
pero esta mujer fue capaz de intuir que al Cristo había que limpiarle y besarle
los pies, seguramente lo más sucio que traería un Jesús que recorría camino
casi sin cesar. Qué importante es saber aliviar el dolor que pueden traer
nuestros amigos en los pies, que a veces será dolor, otras cansancio, otras
problemas…
Si podemos cubrir los pies, podremos llegar a la
cabeza. Si podemos empezar por una extremidad, podremos llegar a una cobertura
integral y si podemos perdonar…
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