MARCOS
6, 30 – 34: Los apóstoles se reunieron con Jesús y le
contaron lo que habían hecho y enseñado. Y como no tenían tiempo ni para comer,
pues era tanta la gente que iba y venía, Jesús les dijo: —Vengan conmigo
ustedes solos a un lugar tranquilo y descansen un poco. Así que se fueron solos en la barca a un lugar
solitario. Pero muchos que los vieron salir los reconocieron y, desde todos los
poblados, corrieron por tierra hasta allá y llegaron antes que ellos. Cuando
Jesús desembarcó y vio tanta gente, tuvo compasión de ellos, porque eran como
ovejas sin pastor. Así que comenzó a enseñarles muchas cosas.
El evangelio, a medida que vamos avanzando, propone toda una serie de giros
y más giros sobre una situación, algún personaje o, por ejemplo, un mensaje en
el que hay que ir ahondando de manera progresiva. Hoy nos encontramos con una
situación que no es nueva, que nos recuerda a otra muy similar y que leímos
esta segunda quincena de enero pasada. El pasaje de Marcos 3, 20 – 21, cuando viendo los discípulos y familiares el
actuar de Jesús dijeron aquello de: “no está en sus cabales”.
Tres capítulos más allá van a ser ahora los discípulos quienes parecen no
estar en sus cabales, trabajando con tanto ahínco, sin tiempo para comer,
atendiendo a unos y a otros. Tal debería ser el punto que Jesús se los llevó a
un lugar tranquilo para descansar. No sabemos cómo ni de qué manera se sucedían
estos episodios en que con tanta gente alrededor consiguen éstos zafarse,
apartarse… siempre con la barca a punto. No obstante, el dato importante es que
la gente que se agolpa ante Jesús y los suyos cogerá el protagonismo justo
después de este relato, cuando Jesús dirá a sus discípulos: “dadles vosotros de
comer”.
Va a suceder algo especial entre un
tiempo y otro, aunque para los discípulos ese tiempo tendrá que esperar mucho
más. Aquellos que marcharon sin pan, ni alforja, ni dinero han regresado
transformados, de tal manera que han olvidado comer. Nosotros podemos ver que
comer aquí significa las cosas que nos sujetan, las que creemos imprescindibles
para poder vivir: el pan, la alforja y el dinero. El evangelista deja a
entrever que no sólo es posible el desapego de lo que me arraiga sino que va a
haber una transformación en mi corazón de tal magnitud que podré darme
completamente.
Casi que se habla, además, de un proceso liviano. A pesar de que podamos
pensar que todo este proceso será largo y tedioso, ocurre que el proceso se
resume en el caminar. Conforme doy un paso tras otro voy perdiendo la antigua
vestidura de la vida que me ha propuesto la línea comercial para, conforme me
desnudo, ser revestido de un ropaje nuevo que finalmente llevo con comodidad. Ahora
cobran valor las palabras de Jesús: “llevad sólo una túnica, no dos”, porque si
tengo esa pieza de repuesto, conforme vaya viviendo el desapego de las cosas
que ligan siempre vendrá alguna preocupación o situación que me invite a
revestirme con la segunda túnica. Pero si sólo tengo un vestido, cuando me sea
quitado voy a verme sin nada, desnudo, como soy.
Si? Se trata de hacer este pequeño ejercicio de imaginación para viajar al
relato de la creación en Génesis cuando Adán y Eva se decía que andaban
desnudos sin que eso fuera un problema en la convivencia con el mundo propuesto
por Dios. Se trata, también, de recordar que cuando hubo preocupación entre
esta familia tuvieron que vestirse (o taparse).
Es como un viaje al in revés. Adán y Eva adoptaron condición de pecado, de
culpa… y todo fue sufrimiento y dolor, un drama! Hoy el proceso es a la
inversa, y a mis condicionantes, a mis ligazones recibo una invitación para
recuperar esa antigua condición de desnudo. Sin ropa ante Dios y sin ropa ante ti.
El evangelista nos enseña hoy a recuperar nuestra relación no sólo con
Dios, sino con los demás. De ahí saldrá: “dadles vosotros de comer”.
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