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jueves, 17 de agosto de 2017

MATEO18, 21. ADMINISTRADORES

 Mateo 18, 21– 19,1: El reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo." El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: "Págame lo que me debes." El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré." Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: "¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?" Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros m¡ Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»


La esperanza es el fundamento de muchas cosas principalmente el pilar ante las situaciones de dolor, por ejemplo. Uno tiene esperanza de que todo vaya a mejor, esperanza a recuperar, esperanza por llegar, esperanza incluso como suerte, buena ventura o como deseo (sea o no egoísta). En si la esperanza, aun siendo lícita, no es nada. Es una voluntad a mejor, sí, pero no es ninguna certeza. Por tanto, y respondiendo a la primera pregunta, diría que la esperanza no espera. Solo espera nuestra ilusión, aunque ya veremos si acaba, o no, siendo.

Claro, nos hablan de la esperanza en la Resurrección, por ejemplo, pero es una esperanza que njo alcanzaremos nunca a ver (por lo menos como lo vemos ahora). Ayuda, ciertamente, porque también necesitamos un horizonte al que poder acudir. Qué haríamos ante el problema del mal sin esperanza? O cómo explicamos a millones de personas que esperan reencontrarse, de algún modo, con sus seres queridos, ya fallecidos, después de la muerte? Crearíamos una corriente de desilusión, un nihilismo quizás, que sumiría al ser humano en una depresión.
La esperanza no puede esperar porque no tiene entidad como ser. Sólo el ser humano puede esperar porque su vida sucede en un continuo devenir.

Por tanto, la esperanza ni acepta, ni deja de hacerlo. La confianza sí, porque es la puerta abierta a la aceptación. Aunque la confianza, diría Levinass, nos abre al otro y nos muestra su rostro. Entonces, confiar es tan natural como aceptar. Es lo que sucede en la naturaleza, en continua aceptación. Es lo que no ocurre, muchas veces, con el ser humano, que cuestionándola no la deja actuar. Pero confiar no es esperar, ni esperanza. Confiar es lanzarse a la aventura del prójimo, aun saliendo mal parados.

Así, esperanza a aceptación se distancian. Sólo se acercan en la fe, aunque dentro del ámbito religioso. Y fe entendida como confianza ciega, como espera de lo que nos han dicho que viene. Y puede resultar muy ingenuo, creo, tener esperanza en estas cosas tan fuera de nuestro alcance, que ya no vienen por intuición sino por institución. Eso, que se impone, no debiera ser esperanza. Lo natural, diría, es aceptar. Esperar, por contra, corresponde a la contingencia de un ser humano finito y frágil, cuya conciencia lo conduce a la esperanza como vía salvífica.

Sobre la aceptación se abre un campo muy amplio y que afecta, o puede afectar, diversas dimensiones de la vida y del ser humano. Voy por partes, si me permitís.
No creo, personalmente, en la idea de la predestinación. Tampoco la niego, acepto que otros crean en ella. Quizás no (sobre la predestinación) con la radicalidad cristiana, como hacen los calvinistas y algunos protestantes. Ahí no encuentro ningún punto en común con mi pensamiento. El ser humano trasciende como si de un anhelo interioririsimo se tratara. Pero ciertamente no somos trascendentes, como cita su significado. Somos, eso si, contingentes, espirituales, racionales y, de ser algo, compartimos con esta divinidad (Dios...) su inmanencia, que es de lo que podemos participar, o lo que Dios comunica. Por tanto, si participamos de algún plan, no es en absoluto otro plan que la vida misma, cada uno desde el periplo vital de su aventura de ser. Luego? Lo más probable es que compartamos, como polvo (energía atómica), de nuevo esa inmanencia que se expande, se transforma y se mueve constantemente. Otra intimidad? Otra conciencia? No está en nosotros responder.

Así las cosas, nacemos muriendo o en progreso de muerte. Y como nacemos en esta paradoja convivimos con alegrías y dolores, aprendiendo de los dos como algo inherente a la vida misma. Aceptamos el dolor desde ópticas muy diversas. En la que nos ocupa, como aceptación, porque es la vía para añadir conocimiento a lo que se nos escapa o no comprendemos. El dolor deja de hacerme daño cuando soy capaz de digerirlo, o de aceptarlo. Es por designio de mi voluntad, demo libertad y de mi felicidad que debo incorporar el dolor si no quiero despeñarle, afligirme o caer en depresión. Es una opción voluntariosa para seguir adelante. La aceptación se convierte en los zapatos que uso para caminar, porque siempre hay que mirar hacia adelante.

Nosotros aspiramos a la felicidad, y contamos con la aceptación. Aspiramos a trascender, y creemos en Dios. Aspiramos a no perecer, y sacamos la fe. Al final, pero, solo quedan las preguntas.

Una única respuesta: la que te ayude.
 Acaso hay algo más?

miércoles, 16 de agosto de 2017

MATEO 18, 15. SI TU HERMANO...

 MATEO 18, 15 – 20Si tu hermano peca contra ti, ve a solas con él y hazle ver su falta. Si te hace caso, has ganado a tu hermano. Pero si no, lleva contigo a uno o dos más, para que “todo asunto se resuelva mediante el testimonio de dos o tres testigos”. Si se niega a hacerles caso a ellos, díselo a la iglesia; y si incluso a la iglesia no le hace caso, trátalo como si fuera un incrédulo o un renegado. Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo. Además les digo que si dos de ustedes en la tierra se ponen de acuerdo sobre cualquier cosa que pidan, les será concedida por mi Padre que está en el cielo. Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.


La mediación siempre ha sido un elemento crucial a la hora de solucionar conflictos. A veces han sido domésticos, otras internacionales, pero la presencia de esta persona capaz de gestionar la dificultad permite redirigir multitud de situaciones de guerra, violencia, drama, enfado… En este texto, además, el evangelista nos propone la figura de la comunidad, también, como instrumento para la mediación. El perdón no es exclusivo de un ministro sino que perdonar podemos hacerlo todos y aunque venga, o no, en nombre de Dios, tiene una parecida capacidad para dar descanso.

Nosotros tenemos muy arraigada la parábola del hijo pródigo cuando queremos ejemplificar esta separación que provoca la discordia y la capacidad de perdón del padre. ¿Siempre hay perdón? Bueno, es una parábola. Lo cierto es que muchas veces los cristianos obviamos esa responsabilidad hacia la reconciliación, entonces discutimos y dejamos de hablarnos, o nos hacemos daño y no somos capaces de pasar página. Es un mal que nos asola a todos, seamos creyentes o agnósticos, y que nos provoca dolor y sufrimiento, mal estar, incomodidad, cerrazón… cuando no existe capacidad de perdón vivimos sujetos a un nuevo opresor, cruel y salvaje, que nos conduce por los desfiladeros del resentimiento, por un sendero vacío, frío, desolado.

No existe la lógica del perdón, el ser humano siempre queda expuesto de un modo distinto a cada situación. Uno puede pasarse cuatro días en oración, escucharse un audio de los monjes tibetanos, concentrarse en la meditación más profunda, o ahogar la casa con olor a incienso, que ante la ofensa volvemos a estar desprevenidos, como aquel muchacho al que cada mañana le roban el bocadillo en la escuela y sólo puede llorar.

Claro, perdonen… siempre perdonen. No es fácil poner la otra mejilla, tampoco lo es caminar con nuestro ofensor, ni compartir con quien nos quita. Quizás tendremos que terminar medicándonos para frenar todo enojo… Bien, el ideal cristiano (como el de muchas religiones) es la paz, el perdón y la felicidad (la vida en Cristo). Aunque a la luz de la realidad tendríamos que afirmar que este ideal cristiano convive con su lado oscuro, y si bien antagónico resulta que en cierto modo nos propone una amistad. No puedo decir que alguien no sea de Cristo porque se enfade con aquel, porque no perdone a aquella, porque tenga resentimiento o porque fastidie a los demás… la realidad me invita a reconsiderar ese ideal.


Y no es nada malo, porque en esta vida tendremos que dejar que caigan muchos ideales y de cómo aceptemos esa otra reconciliación entre vida y sueño dependeremos nosotros mismos. No reprueben a nadie, no lo aparten, no lo traten como a un incrédulo y más bien mirémonos a nosotros mismos, quizás también equivocados.